La paja en el ojo ajeno

Después que no se quejen del terrorismo ni hablen de fundamentalismo Islámico.

Creacionismo en las aulas de Kansas  

El Consejo de Educación de Kansas ha aprobado una propuesta que permitirá enseñar en los institutos la teoría del diseño inteligente (la nueva etiqueta del creacionismo) como una explicación científica de la vida.

Por si interesa, lean este artículo de Martin Gardner

Phillip Johnson y el diseño inteligente

En noviembre de 1996, más de 160 científicos y estudiosos se reunieron en la Universidad de Biola, en La Mirada (California), para la primera conferencia anual de un movimiento llamado diseño inteligente. Sus promotores son teístas, con ideas que van desde el cristianismo conservador hasta un teísmo filosófico no ligado a ninguna religión.
No se debe confundir a los “diseñadores inteligentes» con los ignorantes cristianos fundamentalistas que se empecinan en creer que la Tierra y toda su vida fueron creadas hace unos diez mil años, exactamente en seis días, y que los fósiles son restos de organismos destruidos por un diluvio que inundó el mundo entero. Muchos partidarios del diseño inteligente (DI) no tienen inconveniente en aceptar la antigüedad de la Tierra. Aceptan que la vida evolucionó durante millones de años, a partir de formas unicelulares simples que vivían en los mares primordiales de la Tierra. Lo único que rechazan es la idea de que la evolución tuvo lugar sin la dirección de Dios.
Aun así, muchos miembros del movimiento DI creen sin reparos en la “Tierra joven”. Paul Nelson, que edita la circular informativa del DI, Origins and Designs, es un ferviente creyente en la juventud de la Tierra, lo mismo que Nancy Pearcey, que intervino como oradora en la conferencia de Biola. Los que creen en la «Tierra antigua» se sienten avergonzados por estos fundamentalistas que hay en sus filas, pero hacen lo posible por reducir su influencia.
Dos avances de la cosmología moderna han desempeñado importantes papeles en el auge del movimiento. El Big Bang sugiere un momento de creación en el que toda la historia del universo, incluyendo la eventual aparición de usted y de mí, existía en forma potencial, en las propiedades de un pequeño número de partículas fundamentales y sus campos. La otra fuerza impulsora ha sido el influyente principio antrópico, que afirma que en el universo no habría podido aparecer la vida, y ni siquiera se habrían podido formar estrellas y planetas, a menos que una docena de constantes básicas de la naturaleza estuvieran extraordinariamente bien afinadas. En pocas palabras, los partidarios del DI argumentan que la cosmología moderna implica un Diseñador trascendental. El físico y panteísta Freeman Dyson lo expresó de manera memorable: “En algún sentido, el universo debió saber que estábamos en camino.”
Los creyentes en el DI van mucho más lejos. En una serie de impresionantes libros, incluyendo el reciente Darwin’s Black Box (1996) del bioquímico católico Michael Behe (su nombre rima con ji, ji), insisten en que el darwinismo ha muerto. Entienden por «darwinismo» la creencia en que la evolución tiene lugar exclusivamente a base de mutaciones al azar y selección natural. Es cierto que, en sentido estricto, el darwinismo se modificó hace mucho tiempo gracias al descubrimiento de las mutaciones. La moderna teoría de la evolución incorpora la genética y todos los demás descubrimientos relevantes de la ciencia del siglo XX. Darwin era un lamarckiano que aceptaba la ahora desacreditada idea de la herencia de los caracteres adquiridos.
En los últimos años, muchos destacados políticos conservadores han defendido el DI. Irving Bristol, firme creyente en el Dios de Israel, lleva décadas atacando el darwinismo. Sus opiniones son compartidas por su esposa, Gertrude Himmelfarb, que en 1959 llegó a escribir una biografía de Darwin. Robert Bork, en Slouching Towards Gomorrah (1996), cita a Behe, asegurando que éste ha demostrado que «el darwinismo es incapaz de explicar la vida tal como la conocemos … la religión ya no tendrá que seguir combatiendo el ateísmo científico sólo con la fe y sin más apoyos. La situación ha cambiado, y ahora el ateísmo naturalista y el humanismo laico están a la defensiva».
En su número de junio de 1996, la revista conservadora Commentary incluía un artículo titulado “The Deniable Darwin” (“El Darwin negable”), una vigorosa defensa del DI escrita por David Berlinski, un matemático que en fecha más reciente ha publicado una introducción al cálculo que ha tenido mucho éxito. “Hasta para crear un dedal se precisa un acto de inteligencia”, decía. “¿Por que han de ser diferentes los artefactos de la vida?”
Pat Buchanan, derechista católico, niega por completo la evolución. La ha atacado en sus columnas periodísticas y, haciéndose eco de William Jennings Bryan, ha declarado: “Usted podrá creer que desciende de un mono, pero yo no.” Por supuesto, los seres humanos no descienden de monos; éste es un error muy difundido.
El más influyente de los libros que defienden el DI es el de PhiIlip E. Johnson, Darwin on Trial (InterVarsity Press, 1991, revisado en 1993). William Buckley invitó a Johnson a su programa de televisión en 1989, y publicó una reseña muy elogiosa de su libro en National Review (19 de abril de 199]). La misma revista (22 de abril de 1996) permitió a Johnson despedazar el libro de Carl Sagan The Demon-Haunted World. Otra revista igualmente conservadora, New Criterion (octubre de 1995), publicó un brutal ataque de Johnson contra el libro del darwinista Daniel Dennett, Darwin’s Dangerous Idea.
Evidentemente, no puedo comentar aquí todos los numerosos libros publicados recientemente por el movimiento DI, así que me van a permitir que me concentre en Darwin on Trial. Johnson es un afable y suave profesor de derecho en la Universidad de California en Berkeley. No se le debe confundir con Philip (con una sola l) Johnson, el eminente arquitecto que diseñó el edificio AT &T de Manhattan y la Catedral de Cristal del teleevangelista Robert Schuller en Garden Grove (California).
Aunque todos los evolucionistas actuales están de acuerdo en que la evolución es un hecho, siguen debatiendo acerca de sus mecanismos. Una de las principales divisiones es la que enfrenta a los gradualistas, que siguen a Darwin en su insistencia en el cambio lento, con los partidarios de la teoría del «salto», entre los que destaca Stephen Jay Gould, que insisten en que muchas formas de vida pasan por largos períodos estáticos, puntuados por períodos de cambio rápido. Entienden por «rápidos» los cambios que tienen lugar por acumulación de mutaciones en unas decenas de miles de años, que es un mero suspiro en la escala temporal geológica.
A Johnson se le da bien detallar estas controversias, y las utiliza en apoyo de su opinión de que existen misterios impenetrables en la evolución de la vida, grandes huecos que sólo pueden llenarse con actos creadores de Dios. Acepta sin problemas que en una especie puede darse una evolución trivial al azar -la diversidad de los perros, por ejemplo-, pero niega que puedan surgir nuevas especies a menos que el proceso esté dirigido de algún modo desde arriba. Su argumento fundamental, en el que han insistido todos los que se oponían a la evolución desde los tiempos de Darwin, es que estructuras tan complejas como los ojos y las alas carecen de valor adaptativo a menos que aparezcan completamente formadas de una sola vez. Insiste falazmente en que en el registro fósil no aparecen fases intermedias, simplemente porque no existieron.
Es curioso que Johnson no mencione en ninguna parte de su libro al biólogo británico St. George Mivart. Mivart se pasó la vida intentando convencer a la Iglesia -era un católico liberal- de que su postura contraria a la evolución era un error tan monstruoso como su anterior oposición a Galileo. En su obra The Genesis of Species (1871), un libro que Darwin se tomó muy en serio, Mivart argumentaba que es preciso recurrir a la ayuda de Dios para explicar las transiciones a nuevas especies, y sobre todo para infundir un alma inmortal en los primeros cuerpos humanos. Todas las objeciones fundamentales de Johnson al darwinismo estaban ya en el libro de Mivart. Mivart fue excomulgado y se le negó un entierro cristiano. Irónicamente, su visión de la evolución ha sido ahora respaldada oficialmente por el papa Juan Pablo II, y es aceptada por casi todos los teólogos católicos.
Mivart fue el primer científico importante que insistió en que los ojos y las alas son estructuras demasiado complicadas para haber evolucionado a base de pequeñas modificaciones, afirmando que dichas estructuras tienen que aparecer de golpe, porque las fases incipientes anteriores no tendrían ningún valor para la supervivencia.
Desde los tiempos de Mivart hasta ahora, creacionistas de todos los estilos han preguntado monótonamente “¿Para qué sirve media ala?”. En su popular libro The Blind Watchmaker, Richard Dawkins responde de la manera siguiente:

Hay animales actuales que ilustran perfectamente cada una de las etapas del continuo. Hay ranas que planean con sus grandes membranas interdigitales, serpientes arborícolas con cuerpos aplanados que se lanzan al aire, lagartos con “alerones” a lo largo del cuerpo; y varios tipos diferentes de mamíferos que planean con membranas formadas entre sus extremidades, mostrándonos cómo empezaron a volar los murciélagos. En contra de lo que afirma la literatura creacionista, no sólo abundan los animales con “media ala”; también existen animales con un cuarto de ala, con tres cuartos de ala, etc. La idea de un “continuo del vuelo” cobra aun más fuerza si recordamos que los animales muy pequeños tienden a flotar suavemente en el aire, sea cual sea su forma. Y si la idea es convincente es porque existe un continuo graduado infinitesimalmente, desde lo más pequeño a lo más grande.

Argumentos similares, detallados por el propio Darwin, ofrecen conjeturas plausibles sobre el modo en que pudieron evolucionar lentamente los ojos en muchas especies diferentes, de manera independiente, a partir de puntos de la piel sensibles a la luz. Aunque Johnson cita las explicaciones de Dawkins para el desarrollo gradual de los ojos y las alas, dice que son “fábulas” especulativas sin evidencia que las apoye: “Nadie ha confirmado mediante experimentos que la evolución gradual de los ojos y las alas sea posible.” Dawkins estaría en completo desacuerdo. Ha escrito un elocuente capítulo sobre las múltiples evoluciones de los ojos en A River Out of Eden (1995).
También me parece curioso que Johnson nunca mencione al botánico holandés Hugo de Vries, el hombre que acuñó la palabra “mutación”. De Vries argumentaba convincentemente -y durante un breve período tuvo muchos seguidores- que toda nueva especie aparece “de repente”, como consecuencia de una única macromutación ocurrida en una sola generación.
Cuando terminé de leer el libro de Johnson, estaba menos interesado en sus apolilladas objeciones al darwinismo que en las explicaciones con que pensaba sustituirlo. Sobre esta importantísima cuestión guarda un irritante silencio. Existen cuatro posibilidades:

  1.  Johnson acepta que la evolución procede a base de pequeñas mutaciones seguidas de selección natural, pero cree que Dios es el autor de todas las mutaciones favorables. Esta posibilidad la descarto porque Johnson insiste constantemente en la aparición «repentina» de nuevas especies, sin formas de transición anteriores.
  2. Johnson cree que las especies nuevas, y hay millones de ellas, aparecieron de repente, como consecuencia de mutaciones masivas provocadas por Dios.
  3. Johnson cree que Dios intervino únicamente en la creación de la vida y en la producción de mutaciones masivas para los grandes grupos de organismos (plantas, reptiles, mamíferos, peces, aves y, por supuesto, seres humanos).
  4. Johnson cree que, en ciertos momentos de la historia de la vida, Dios creó de la nada nuevas formas de vida que no tuvieron antepasados. Ésta es la opinión que defienden muchos creacionistas que aceptan la antigüedad de la Tierra pero quieren creer en el Génesis (suponiendo que cada “día” equivalió a un largo período de tiempo) y en que Dios realizó miles de milagros en el proceso.

En sus libros y artículos, Johnson se ha negado sistemáticamente a explicar cómo cree que la evolución llenó todos esos misteriosos huecos del registro fósil. No arroja ninguna luz sobre lo que cree que ocurrió cuando se cruzó la brecha que separa a los humanos de los animales antropoides. ¿Hubo un Adán y una Eva, o muchos Adanes y Evas, creados del polvo de la tierra como dice el Génesis? (En una de las dos versiones de la creación que ofrece la Biblia, Eva es creada a partir de una costilla de Adán, un milagro que Jerry Falwell y otros fundamentalistas creen a pies juntillas.) ¿O tal vez Dios se limitó a infundir almas en los cuerpos de animales sin alma?
Por favor, señor Johnson, responda con claridad a algunas preguntas sencillas. ¿Tuvo madre el primer ratón? ¿Tenían ombligos los primeros humanos? ¿Por qué Dios puso pezones a los machos?
Me parece injusto que Johnson fustigue tan ferozmente la evolución sin revelamos lo que piensa, o al menos sospecha, que puede sustituirla. Es como escribir un libro negando que la Tierra es redonda, pero sin indicar en ningún momento la forma que creemos que tiene. Con la esperanza de obtener algunas respuestas a estas preguntas, intercambié una docena de cartas con Johnson. Se negó en redondo a declarar qué versión del creacionismo defendía. ¿Por qué razón? Su Darwin on Trial sólo pretendía atacar al darwinismo ateo. No veía ninguna necesidad de revelar qué debía sustituido.
En una conferencia de 1992 grabada en vídeo, Johnson, respondiendo a una pregunta, reconoce que los partidarios del DI tienen opiniones contradictorias acerca de la intervención de Dios. Manifiesta su esperanza de que una vez que el darwinismo haya quedado totalmente desacreditado -y está seguro de que esto ocurrirá pronto-, se produzca un “cambio de paradigma” y los científicos queden en libertad para buscar pruebas empíricas de cómo y cuándo Dios impulsó la evolución. Supongo que es posible que Johnson no tenga ninguna opinión clara sobre esta cuestión.
Descubrí que Johnson es presbiteriano evangélico. Pero ¿hasta qué punto acepta los milagros del Nuevo Testamento? Le escribí preguntándole si creía que Jesús nació de una virgen, que resucitó a Lázaro cuando éste era un cadáver ya en descomposición, que caminó sobre las aguas o que convirtió el agua en vino. Una vez más, se negó a responder, aunque dijo que creía en la resurrección de Jesús y que la aceptación de otros milagros bíblicos no suponía ningún problema.
El segundo libro de Johnson, Reason in the Balance (InterVarsity Press, 1995), es principalmente un ataque contra el ateísmo, aunque incluye un capítulo en el que una vez más se mete con Dawkins. Igual que en su libro anterior, nunca nos deja saber si cree que las especies nuevas aparecieron como consecuencia de mutaciones masivas dirigidas por el Señor, o si piensa que Dios creó formas de vida que no tuvieron antepasados.
Me sorprendió una nota a pie de página (p. 257) en la que Johnson dice que admira mucho mi novela religiosa The Flight of Peter Fromm, a pesar de que en ella se ataca al cristianismo. Sin embargo, es incapaz de entender que yo sostenga una «visión naturalista del mundo» y al mismo tiempo crea en Dios.
Es fácil. A diferencia de Johnson, yo no tengo reparos en revelar mis convicciones básicas. Creo, por un salto emocional de fe, en una divinidad «totalmente ajena», totalmente inescrutable por nuestras pequeñas y limitadas mentes. Creo que existen verdades tan fuera de nuestro alcance como el cálculo para la mente de un gato. Y como también considero que Dios es de naturaleza inmanente, podemos decir metafóricamente que Dios creó y mantiene el universo. No creo en lo que yo llamo la “superstición del dedo”: la idea, que para mí es casi una blasfemia, de que Dios considera necesario de vez en cuando suspender las leyes de la naturaleza, introduciendo un dedo en el universo para hacer reparaciones. Newton no sólo estaba convencido de que Dios creó el universo y todas sus leyes en seis días; además, creía que era necesario que Dios ajustara periódicamente las trayectorias de los planetas para mantener el sistema solar en perfecto funcionamiento.
Si Johnson no comparte esta creencia de Newton, ¿por qué es incapaz de admitir que el azar, combinado con las leyes de la naturaleza, es el método de creación de Dios? Sospecho que es debido a su agenda oculta de defensa del presbiterianismo conservador. A pesar de la aversión que le tenía Einstein, la palabra “azar” no es una palabrota. Es absolutamente imprescindible, y de un modo muy bello, en la mecánica cuántica.
A veces pienso que las leyes cuánticas constituyen la única manera, o tal vez la mejor manera, por la que Dios pudo crear un universo monstruoso, capaz de generar, después de miles de millones de años, vida inteligente. Lo más asombroso es que un relojero inconsciente, carente de planes preconcebidos, pueda obtener tan buenos resultados. De no ser así, no estaría usted leyendo estas palabras.
Una de las cruces más amargas de Darwin fue la inquebrantable ortodoxia anglicana de su esposa. A pesar de las llorosas súplicas de ésta, él abandonó pronto sus creencias cristianas, y después de la muerte de su hija Anne, perdió por completo la fe en Dios. Sin embargo, en 1860, un año después de la publicación de El origen de las especies, Darwin defendía el diseño inteligente en una carta a Asa Gray:

No veo ninguna necesidad de creer que el ojo fue diseñado expresamente. Por otra parte, no me puedo conformar con contemplar este maravilloso universo, y en especial la naturaleza humana, y llegar a la conclusión de que todo es resultado de la fuerza bruta. Tiendo a verlo todo como el resultado de leyes diseñadas, cuyos detalles, buenos o malos, se dejan en manos de lo que podríamos llamar azar. Pero esta idea no me satisface en absoluto. Siento en l0 más hondo que la cuestión es demasiado profunda para el intelecto humano. Es como si un perro especulara sobre la mente de Newton.

Me siento incapaz de expresarlo mejor.
Con gran diferencia, la crítica más dura a Darwin on Trial es una reseña de Stephen Jay Gould publicada en el Scientific American de julio de 1992. Otra excelente reseña, la de la antropóloga Eugenie C. Scott, apareció en Creation/Evolution, vol. 13 (1993), pp. 36-47. Su conclusión era: «Darwin on Trial merece ser leído por científicos, no por su valor científico, que es nulo, sino por su potencial impacto social y político.»
El último libro de Johnson es Defeating Darwinism by Opening Minds (InterVarsity Press, 1997). Un anuncio en el catálogo de la editorial incluye una cita de Michael Behe: “Phillip Johnson es el pensador más claro de nuestra época en lo referente a la evolución y su impacto sobre la sociedad.”

Addendum

El virulento ataque de David Berlinski contra la evolución (Commentary, junio de 1996), lo mismo que el libro de Phillip Johnson Darwin on Trial, presenta una flagrante omisión. En ninguna parte se nos dice qué modalidad del creacionismo apoya.
Al igual que Johnson, Berlinski parece pensar que la evolución puntuada de Stephen Jay Gould y sus amigos atenta de algún modo contra el principio darwiniano de que toda la vida evolucionó a base de pequeños cambios graduales. Por supuesto, los saltos de la teoría de Gould sólo son “saltos” en comparación con los larguísimos períodos durante los que ciertas especies permanecen estables. Los trilobites, por ejemplo. Los saltos de Gould duran decenas de miles de años, y se inician con pequeñas mutaciones que, por razones aún poco claras, a veces se producen más rápidamente que lo habitual. Thomas Huxley, el bulldog de Darwin, era plenamente consciente de dichos saltos, que han proporcionado combustible a los creacionistas desde los tiempos de Darwin. De hecho, todos los argumentos en contra de la evolución utilizados por Johnson y Bcrlinski tienen más de un siglo de antigüedad. En la actualidad son repetidos una y otra vez por fundamentalistas protestantes que creen que Dios creó todo el universo en seis días, hace unos diez mil años, exactamente como se cuenta en el Génesis.
Commentary (septiembre de 1996) dedicó veinte páginas a cartas a favor y en contra de Berlinski, incluyendo una carta mía que terminaba preguntándole a Bcrlinski: “¿Cree usted que los primeros humanos tuvieron padres animales, o que no tuvieron padres?” En sus quince páginas de respuestas a las cartas, Berlinski comentaba la mía de la siguiente manera: “En cuanto a la última pregunta del señor Gardner: durante muchos años me he preguntado si los primeros seres humanos tuvieron padres o no; lamento decir que aún no tengo respuesta.” Esta declaración me parece asombrosa. Si los primeros humanos no tuvieron padres, tuvieron que ser creados de la nada por Jehová. Me pregunto si Berlinski considera la posibilidad de que Eva fuera creada a partir de una costilla de Adán.
Pensemos en un bebé de una semana. Es menos “humano” que un gorila de una semana. A lo largo del desarrollo de un niño no existe un momento preciso en el que se convierta de pronto en una persona madura. La evolución del Homo Sapiens presenta un espectro similar. Si las leyes que gobiernan la evolución fueron impuestas y son mantenidas por Dios, ¿qué necesidad hay de que Dios meta un dedo en el proceso? El jefe del observatorio astronómico del Vaticano lo expresó muy bien en un programa de televisión sobre Galileo: “No existió un momento mágico. Todo el asunto es mágico.”
Las opiniones de Berlinski se vuelven aún más desconcertantes cuando ataca la evolución cosmológica en su artículo “Was There a Big Bang?” publicado en el número de febrero de 1998 de Commentary. (No he leído su artículo anterior, “El alma humana a la luz de la física”, en el Commentary de enero de 1996.)
Berlinski argumenta que, dado que existen serias dudas acerca del desplazamiento hacia el rojo como medida de la velocidad de alejamiento de las galaxias, es igualmente dudoso que el universo se esté expandiendo, y por lo tanto no existen razones sólidas para creer que el universo se originó en una gran explosión. Es de suponer que Berlinski prefiere un universo estático, que siempre fue tal como es o que fue creado así en un momento del pasado.
La “caja negra” que se nombra en el título del libro de Behe es la célula viva. Behe cree que es demasiado compleja para haber evolucionado sin ayuda divina. La prueba principal de Behe es el flagelo giratorio de ciertas bacterias. Insiste en que no es posible concebir formas incipientes que pudieran explicar cómo evolucionó lentamente el flagelo por selección natural. Tal como sucede con Johnson y con BerJinski, Behe no nos dice nunca cómo cree que Dios ayudó al proceso evolutivo. “No te preocupes, Mike”, le escribió Johnson a Behe. “Aunque el New York Times te machaque en su reseña, un terremoto cultural sacudirá Estados Unidos el 4 de agosto, cuando lo publiquen.”
Por supuesto, dicho terremoto no se produjo.
A quien quiera leer un ataque completo contra el diseño inteligente, con especial atención a Johnson y Behe, le recomiendo el libro de Robert T. Pennock Tower ofBabel: The Evidence Against the New Creationism (1999). Lo más insólito de este libro es que Pennock, a diferencia de la mayoría de los defensores de la evolución darwiniana vista como un relojero ciego, es un teísta de tradición cuáquera. No ve ninguna necesidad de suponer que Dios impulsó la evolución realizando pequeños milagros a lo largo del proceso, ya que todas las leyes que intervienen en la evolución de la vida fueron creadas y son mantenidas por una divinidad totalmente ajena.
Según Pennock, es extraño que los creacionistas que se toman tan en serio la Biblia vean a Dios como un análogo de los seres humanos y lo imaginen trasteando constantemente con el universo, de manera similar a lo que hacen los humanos para mejorar sus coches, barcos y aviones. Y les recuerda las palabras de Isaías (55:8): “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis maneras son vuestras maneras, dice el Señor.”
En una columna publicada en el Wall Street Journal (16 de agosto de 1999), Johnson menciona a un “paleontólogo chino” que “da conferencias por todo el mundo, diciendo que los fósiles hallados recientemente en su país contradicen la teoría darwinista de la evolución”. Tal como se informa en el Skeptical Inquirer de noviembre/diciembre de 1999, el físico David Thomas escribió a Johnson preguntándole quién era ese misterioso científico y si había publicado algún trabajo sobre los descubrimientos fósiles. Johnson se negó a dar el nombre, añadiendo que todavía no había publicado nada en inglés. “Me quedé boquiabierto”, declaró Thomas. “Esperaba que existiera un Garganta Profunda en la política, pero no en la ciencia.”


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