Guille oral

Cuando instalé un software que reconoce la voz hablada y lo transforma a palabras estuve unos días probando “escritura automática”, decir lo que viniera a la mente, sin pensar.

Estos son algunos fragmentos:

Hola, ¿me pregunto por qué siempre comienzo diciendo hola? ¿Será una vana costumbre? ¿Será un modismo inaudito que refleja una incultura y una falta de seriedad totales?

No lo sé. No tengo la más remota idea. No se me ocurre que carajo pueda llegar a ser.

El otro día soñé, soñé… ¿por qué uno sueña? Qué oscuros reflejos producen nuestros sueños? Nadie ha sido aún capaz de descifrarlo. Por ejemplo: la otra noche cenando con Ruti me puse a desarmar mi encendedor y separe todas sus partes. Esa misma noche, en mis sueños, me compré un encendedor que venía todo separado pieza por pieza.

¿No es esto muestra contundente del poder de los sueños? ¿No muestra esto, acaso, los profundos abismos en los que se esconde nuestro inconsciente? Ni los estudios más profundos realizados sobre el tema han sabido determinar la profundidad inaudita y la oscuridad infinita que oculta nuestra mente humana.

Dios nos hizo grandes, Dios nos hizo libres, Dios nos hizo mortales, Dios nos hizo…

Creemos en el libre albedrío. ¡Qué ficción! ¡Qué profunda mentira nos han vendido! Ahora bien: ¿quién nos ha vendido esa mentira absurda? ¿Acaso no toman de idiotas? Pobrecitos…

Cuando crecemos, cuando nos acostumbramos a nuestro propio yo, cuando miramos al espejo y descubrimos una mirada entristecida, un un dejo siniestro

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Historia del mecánico Pérez

José Pérez se levantaba cada mañana a las cinco. No iba a trabajar. No tan temprano. Munido de su bolsa marinera recorría las panaderías de su barrio mendigando mendrugos de pan del día anterior. Tanto sacrificio y sin embargo no era para el. Con su bolsa llena de ilusiones visitaba a los niños sin hogar de asilo en asilo repartiendo ilusión plena, llena de las más buenas intenciones cristianas que hoy en día tanto faltan en nuestra sociedad.

Los niños nunca lo comprendieron así. Ante su humilde generosidad los niños se mofaban de él arrojándole desperdicios, basuras y productos fecales. José Pérez nunca perdía su sonrisa, esa sonrisa de indecible beatitud. Más bien la actitud de los niños ingratos promovían sus buenas obras que llegaban a los límites rayanos en la demencia. Lleno de excrementos volvía a su casa plena de magnífica sensación de santidad.

No tenía tiempo de tomar su ducha y se iba a su trabajo todo cagado.

Una mañana de septiembre, después de muchos preavisos, su jefe le dijo:
— no podemos soportar más el hedor inmundo que traes cada día la oficina. Esta despedido.

José Pérez, entristecido, volvió a su casa

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Redacción tema la banca vacas vacas vacas vaca vacas vacas vacas vaca la vaca es un animal bondadoso, un animal con una profunda dulzura intrínseca.

Ella nos provee de la leche y la carne, ella nos da paz, tranquilidad y amor, ella nos da tantas razones para seguir creyendo globalidad que nosotros nos estamos en nuestras buenas intenciones admirar los profundos ojos de una vaca desangrada.

Profundas emociones implican profundos sentimientos. Sentimientos que no por profundos están escondidos. La vaca indulge a la humanidad con su bienestar redentor.

La vaca nos da la sangre y nos provee de morcilla.

La vaca nos da el matambre, nos da la tira, nos da la molleja, nos da los sesos, nos da el chinchulín.

La vaca nos provee de bondad, nos provee de salud, nos provee de bienestar, nos provee de bendiciones inauditas.

Sus pequeños hijos producen aún placeres más intensos: la carne más tierna, más sabrosa, más (en general) bendita.

Otro animal a ser respetado es el cerdo. El cerdo nos da el pechito de cerdo.

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Reunión de egresados

Cuando en aquella primavera de 1963 nos reunimos todos juntos después de largo verano separados, nos miramos a los rostros implorando piedad uno del otro.

Sólo habían pasado tres meses, pero todos estábamos muy cambiados.

Paulina, siempre con su gesto adusto y un tanto extravagante, dejaba reflejar en su mirada un profundo viso de irrealidad.

José María, ausente como siempre, no estaba.

Pedro Carlos y la parentela destilaban bondad por todos sus poros. Más bondad que la acostumbrada. Mucha más…

Todos nos miramos con perplejidad. No era para menos, 13 nosotros habían muerto en este trágico verano.

Cuántas horas de indecible deleite y gozor nos habíamos perdido… cuánta parranda… cuanto bienestar… cuanto… cuanto, cuanto.

Todo había comenzado en el invierno de 1959 cuando nos encontramos por primera vez en el ciclo inicial básico de la escuela perito moreno. ¡Qué escuela! ¡Aquellos profesores! ¡Cuántas chupinas! Horas y horas de placer inaudito y lleno de bendiciones.

Pedro Pablo dijo:

– muchachos, dejemos de molestar a los vecinos. No tiremos más naranjas podridas sobre el techo de nuestro prójimo.

– Para, para – dijo Celestina – ¿por qué no? ¿Acaso el verdulero no nos regala esas naranjas podridas? ¿Por qué no habríamos de usufructuar con el trabajo desperdiciado de otros que no tienen con quien compartirlos y sentirse piadosos? ¿Acaso no se advirtió que se quite la viga del ojo propio sin mirar la paja del ojo ajeno? ¿Acaso es más fácil atravesar el jardín del Edén con los ojos cerrados que pisar pozos ciegos descalzo, sin zapatillas y con tapones en los oídos?

– Muy fácil es hablar así… pareciera que los ratones te hubieran regalado la lengua. Creo que deberías callarte la boca. Si, callate la boca. Sos una idiota… una verdadera pelotuda.

El ambiente se había caldeado un poco demasiado. ¿Tan sólo un poco?

Alguien encontró un revólver en un cajón. ¿Quién lo habría dejado allí? Nadie hubiera podido responder esa pregunta. Tampoco nadie pudo responder a la policía cinco horas más tarde quien había descerrajado un balazo en la cabeza de Paulina.

Paulina yacía tendida en el suelo en un charco de sangre. Nadie sabía si había muerto desangrada o por el impacto de proyectil.

La policía estuvo tres horas haciendo indagaciones. Las explicaciones se contradijeron. Todos se acusaban mutuamente. La policía no tuvo más remedio.

Dieciocho años más tarde, una tarde de 1981, los tres amigos de la escuela decidieron hacerse una última chupina. La última.

Esta tarde en la que salieron de la cárcel todos tomaron su pastilla de cianuro y decidieron morir felices.

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